Sorolla y la playa de la Malvarrosa

edjaval 19 Agosto, 2009 0

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En torno a 1909: la playa de la Malvarrosa

Rafael Domenech describe así la extensa playa levantina en un artículo publicado en el periódico “El Liberal” del 23 de diciembre de 1904:
“[…] Recorred la playa valenciana. Una larga población formada por el Grao y Cabañal, se extiende desde la desembocadura del Turia hasta los jardines de la Malvarrosa, teniendo en frente el mar tranquilo, y a sus espaldas la dilatada y frondosa huerta, realzándose sobre sus verdes la blancura vivísima de las casas y barracas. La vida y el bullicio de una alegría intensa animan la playa valentina, y el mar tranquilo, la huerta frondosa y el cielo incomparable de hermosura, forman su escenario.[…]”

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Anuncia “La Época – Últimos telegramas y noticias de la tarde” del sábado 7 de agosto de 1909:

“[…]  – Después de recorrer diferentes ciudades de Europa, han llegado a Valencia, con objeto de saludar a Sorolla y de invitarle a la nueva Exposición de Chicago, seis pintores de esta ciudad americana.
Entre los citados pintores ha venido Mr. Dunday Watson, profesor del Instituto de Bellas Artes de Chicago.
Aquí se ha enterado de que se celebra la Exposición regional, visitándola y admirándose de su suntuosidad.
Luego recorrieron la ciudad, visitando los monumentos, admirando las riquezas arquitectónicas del Colegio de Corpus Christi, Lonja, iglesia de los Santos Juanes y otros.
Por la tarde visitaron a Sorolla, que está pintando en un chalet de la playa de la Malvarrosa.”

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Exposición Regional de Valencia – 1909 – Archivos PDF

joaquin_sorolla_playa.jpgJoaquín Sorolla pasará las épocas estivales en el Cabañal, en una casita luminosa y tranquila cercana a la playa de la Malvarrosa, donde su amigo Blasco Ibáñez tiene una casa.

La revista “La Ilustración Artística” del 2 de julio de 1900 hace referencia a esta costumbre del pintor en su artículo “Arte y Artistas – Joaquín Sorolla”, firmado por León Roch:

“[…] Todos los años, cuando la primavera pasa, dejando sobre la tierra su rastro de flores, el artista genial ‘enfunda’ sus pinceles y paletas para hacer a Valencia la visita anual, una visita que tiene para Sorolla algo de sagrado… Cuando la brisa de otoño desflora los jardines y anuncia la proximidad del invierno, vuelve de nuevo el pintor, dejando en la costa levantina, en el mar azul, en el cielo sin nubes de su tierra y en su soleada casita del Cabañal la mitad de su alma, después de vivir unas cuantas semanas a solas con la naturaleza, sin preocupaciones, sin más testigos que sus hijos, unos niños como rosas, vivos como alondras y alegres como los rayos del sol de Valencia copiados en sus cabellos. […] El autor de ‘El entierro de Cristo’ es un trabajador infatigable y aprovecha los meses de verano para trabajar más que nunca, porque nadie interrumpe sus labores ni le molesta en la casa del Cabañal, ni turban el silencio de su estudio al aire libre más que las risotadas de sus chiquitines y los rumores del mar en el continuo rebullir del flujo y reflujo.”

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El mar mediterráneo y su luz, las costumbres marineras y las costas de su Valencia natal, serán principales motivos de inspiración que plasmará en sus obras una y otra vez, en pequeños y rápidos apuntes de color, en lienzos de mediano formato y en los grandes lienzos que le proporcionarán el éxito deseado.
Triste herencia es uno de ellos. Lo pintó Joaquín en 1899 en la Malvarrosa y le supuso en 1900 el Gran Prix del certamen internacional de París.

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León Roch escribe en el mismo articulo:
“[…] Otras dos nuevas (obras), parto admirable de la última peregrinación al Cabañal: El baño y Triste herencia.
Representa el primero una escena de playa con tres figuras de hermosísima factura y de prodigioso color. […] De mayor tamaño e importancia es el otro cuadro, Triste herencia. Titulábalo antes el artista, con más acierto, a mi juicio, ‘Los hijos del placer’, nombre que expresa mejor la honda filosofía que en toda la obra se refleja. […] Son estos pobres ‘hijos del placer’ los albergados de San Juan de Dios, tristes engendros del vicio, abandonados sin pena por las hembras que los parieron y recogidos en su regazo caliente por la caridad, la gran madre de todos los inválidos.”

Así mostraban los hermanos Lumiere a niños de finales del siglo XIX jugando en el mar. En su extensa producción de lienzos de playa, Sorolla pintará varias veces el efecto de la luz sobre los jóvenes cuerpos mojados.

Los cuadros de Jávea, de los que hablamos en uno de nuestros artículos, muestran la preocupación del pintor por plasmar con absoluto realismo y con pinceladas enérgicas y seguras la luz del Mediterráneo, la extraordinaria belleza de sus aguas, los paisajes y el movimiento vibrante del sol sobre los cuerpos y el mar.
Será a partir de 1903 cuando cultive su costumbre por los temas marineros con más intensidad, centrando su obra en las escenas de playa, y utilizando como modelos en varias ocasiones a su esposa e hijos.
Pero Sorolla ya había mostrado la luz de levante y el mar sorprendiendo al mundo entero. Fue en parte en su época de crítica social y en otras tantas composiciones que atrapan las rudas labores de los pescadores y la diversión infantil en las soleadas playas.

1894 – La vuelta de la pesca. Una de las obras con las que Sorolla se sintió plenamente realizado. Todo favorece a este cuadro; la composición, las grandes masas de color que se funden en luminosas tonalidades combinadas con un atrevido claroscuro, el trazo enérgico y seguro, visible en los bloques de pintura que dotan de movimiento a los bueyes y el propio mar espumoso. Fue premiado con segunda medalla y la honrosa distinción de artista Hors concours. La obra fue adquirida para el Museo de Luxemburgo de París.

1895 – Pescadores valencianos. Una vibrante composición de luz y color en la que los pescadores realizan sus tareas. Fue premiada en la Exposición Internacional de Berlín de 1896 y adquirida por esta ciudad para el Museo de Arte Moderno.

1896 – Cosiendo la vela. En esta obra, dotada de gran realismo y colorido, Sorolla vuelve a dar protagonismo a la luz. Presentada por primera vez en el Salón de París de 1897, viajó ese mismo año a Munich y más tarde a la Exposición Internacional de Viena, recibiendo en estas ciudades dos medallas. Estuvo presente en la exposición de Madrid de 1899 y por último en la Universal de París.

1903 – Pescadoras valencianas. La composición, cerrada y muy cercana al espectador convierte a las pescadoras en colosales figuras llenas de luminosidad. El horizonte alto al que Sorolla nos tiene acostumbrado equilibra con perfección todo el contenido de la obra y ofrece contrastes tonales que refuerzan el brillo de pañuelos y camisas pintadas con gran audacia.


En “El maduro Sorolla y el joven siglo XX“, artículo de este proyecto, se hace mención a “Sol de la tarde“, obra pintada también en 1903, así como “Niños a la orilla del mar“.

De 1904 son los enternecedores cuadros “Valencia, dos niños en una playa” y “Mediodía en la playa de Valencia“, obra esta muy efectista donde Sorolla sintetiza las formas y se recrea en los juegos de luces que se proyectan sobre el mar.
También de 1904 es otra versión de “Cosiendo la vela“.

Saliendo del baño“, de 1908 es uno más de la extensa producción realizada en las playas del Cabañal, Malvarrosa y Jávea durante esos años. Muchas obras que reproducen las playas valencianas forman parte de colecciones privadas y museos extranjeros, otras pueden disfrutarse temporalmente en la exposición del Museo del Prado y una gran parte de ellas puede contemplarse en el Museo Sorolla.

La sección de la exposición del Museo del Prado “En torno a 1909: la playa de la Malvarrosa“, presenta obras del pintor en un momento muy especial de su carrera como artista. Los éxitos cosechados en su primera exposición de la Hispanic Society of América, su triunfo en Europa con reconocimiento internacional y su gran popularidad, le permiten disfrutar de un buen estado de ánimo y seguridad económica. Aún así Joaquín no dejará de trabajar y esto le ayudará a hacerlo con absoluta libertad.

Y así pudieron ver en aquel 1909 a Joaquín Sorolla en la playa. Absorto, empapado de sudor y luz ,dando pincelada sobre pincelada en una composición sin horizonte visible. Los puntos de vista del pintor son aéreos, como si su alma se desprendiese del cuerpo para sobrevolar las aguas y volver en un enérgico trazo de pincel.

Y así lo recordamos hoy…

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Escenas de playa

Apuntes de Sorolla

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